Jugando a ser Dios


Estoy cansada, tengo los músculos agarrotados, tensos, doloridos y en mi cabeza hay una neblina roja que no me deja pensar con claridad.

Ya no sé lo que es dormir sin ese remolino que se ha adueñado de mi cerebro, que me mordisquea el hipotálamo y que ejecuta sin piedad a cada una de mis neuronas. ¿Y lo peor? Lo peor es que ni siquiera añoro ese sueño aplacible.

Creo que las pastillas están empezando a hacer efecto, noto que por fin mi amigo Morfeo me abraza, que acaricia suavemente mis párpados. Siento que estoy cayendo lentamente en un abismo que me envuelve en su oscuridad:

"Se me ha ido de las manos. Definitivamente. Lo admito. Y no sé cómo pararlo. Yo, que era tan inteligente. Siempre con todo bajo control.

Tantos años estudiando, trabajando duro para llegar a ser alguien dieron su fruto, pues ahora soy alguien: la persona mas odiada del mundo.

Al principio, toda la humanidad se regodeaba de mi descubrimiento, había logrado vencer a la muerte. El sueño más viejo de la historia: la vida eterna.

Ni siquiera ahora soy capaz de calcular la ingente suma de dinero que me ofrecieron por la fórmula. Querían privatizar mi invento. Que mi suero estuviera sólo al alcance de unos pocos que pudieran permitírselo. Pero yo tenía unos ideales. Creía que la vida valía lo mismo, se tuviera dinero o no, así que en un arranque de altruismo lo hice fabricar en grandes cantidades y lo distribuí gratuitamente a todo aquel que quiso probarlo.

Sería un estudio a gran escala. Los tendría controlados y así podría comprobar los efectos a largo plazo. Me sentía eufórica, y la gente me adoraba. Si existía la felicidad, sin duda era así como sabía.

Repartí miles, millones de frascos de mi suero a todos y cada uno de los que lo solicitaron. Pero seguía muriendo gente. No lograba entender por qué algunos rechazaban mi regalo. Es posible que no se hubieran enterado o que por su ignorancia no lograran comprender lo que se les estaba ofreciendo. Para mí todos y cada uno de los habitantes de la tierra debían tener la oportunidad de probar la cura a la muerte. Ese fue mi primer error.

Me las ingenié para que mi suero llegara hasta el último rincón del planeta. Para que todos probáramos, sin restricciones, sin discriminaciones, y sin dar lugar a otra opción. Y aunque me costó mucho tiempo y esfuerzo, al final lo conseguí.

La primera semana sin muertes fue acogida con escepticismo, pero cuando pasó la segunda, la tercera y llegamos al primer mes, todo eran alabanzas. Había conseguido lo que no había logrado nadie. Nunca más sufriríamos la pérdida de un ser querido. Los padres no verían morir a sus hijos, ni a sus nietos, ni éstos a sus padres. Nunca nos despediríamos para siempre. Podíamos ser más valientes, más osados, más atrevidos, pues nada nos pasaría: nada nos detendría.

Yo vivía en el cielo, me movía entre nubes de pura ilusión. Había contribuido en la vida de la gente de una forma tan positiva, tan significativa... A partir de ese momento todo iría bien. Todos estaríamos bien. Pensar así fue mi segundo error.

No tardó mucho en empezar. Mientras las voces de la mayoría clamaban mi nombre, cantaban, hacían fiestas en mi honor y celebraban este regalo que yo les había dado. Otras vocecillas, más pequeñas, escondidas, lloraban en voz baja. Era la voz de una mujer que sufría dolores inhumanos, y que dependía de sus hijos para hacer cualquier cosa. Era la voz de un joven, que sufría postrado en una silla de ruedas el último tramo de su enfermedad terminal. Si os soy sincera, nunca pensé que hubiera gente que deseara morir.

Ahí es cuando la realidad me dio un fuerte bofetón. Yo había curado la muerte, sí. Era algo especial y maravilloso. Pero en el mundo seguía habiendo maltratos, hambre, enfermedades, accidentes. La gente seguía envejeciendo, y mi cura no era más que una condena impuesta a todo ser humano, culpable o inocente, de llegar a una decadencia que se extendería eternamente con todas sus consecuencias.

Entonces llegó la culpa, sumada a las pequeñas voces, que crecían y crecían y se hacían fuertes. Se adueñaban de los cánticos y maldecían mi nombre.

Llevo mucho tiempo encerrada en mi laboratorio buscando una solución, un fallo a mi fórmula perfecta. Algo que pueda borrar todo el mal que he causado. Llevo días sin dormir, y mi único consuelo es que tengo todo el tiempo del mundo para llevar a cabo mi investigación. Creo que sufro alucinaciones, pues ahora mismo estoy escuchando un ruido fuerte y estridente que sólo puede estar en mi cabeza. Es un ruido tan penetrante que parece que el mundo va a volar en pedazos."

Ya son las ocho. Como odio este despertador. No he descansado bien, tanto esfuerzo va a terminar pasándome factura. La verdad es que no recuerdo lo que he soñado esta noche, pero sé que ha sido perturbador. Tan perturbador que da miedo.

Debo ir al laboratorio, ya no me queda nada para terminar una fórmula que cambiará el mundo tal y como lo conocemos. Es una investigación secreta.

Mientras me voy levantando una idea tonta ronda en mi cabeza: Estoy a punto de cometer mi tercer error... ¿mi tercer error? Si yo jamás cometo errores, todo en mi trabajo es perfecto. Supongo que después de tomarme el café veré las cosas de otra manera.


Taller de literatura de Ángel Longás - Tema "Si yo fuera Dios"

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