Por fin, Morfeo

  

Era una noche gélida, parecía que la luna, que había estado alumbrando el firmamento hasta ese preciso momento, estuviera escondida en alguna parte del universo, tiritando de frío.

La ciudad dormía debajo de montones de mantas, todos bien calentitos, encerrados en sus casas. Soñando.

Todos, menos Uri.

Él nunca había soñado. De pequeño solía escuchar atento las disparatadas historias que contaban sus amigos, y le parecía imposible que, de forma inconsciente, el cerebro pudiera elaborar semejantes argumentos. A él le hubiera encantado tener una de esas “aventuras nocturnas”. Habría dado cualquier cosa por ponerse en la piel de su hermano, cuando se despertaba gritando aterrorizado por alguna horrible pesadilla. En silencio observaba como su madre lo consolaba susurrándole palabras tranquilizadoras. En secreto lloraba. Pero sus lágrimas siempre se perdían en las noches desiertas.

El tiempo sólo lo empeoró. Cuando sus padres se quisieron dar cuenta, apenas dormía, pasaba las noches en vela, y ningún psicólogo ni tratamiento le hizo efecto. Pasó su adolescencia atiborrado de pastillas que le marcaron irremediablemente.

Ahora Uri vivía solo, en un pequeño apartamento en medio de la ruidosa ciudad, extrañamente silenciosa y mágica cuando caía la noche. Solía pasar las horas nocturnas asomado a la ventana, contando las luces encendidas de los edificios de alrededor. Le gustaba imaginar que ellos tampoco podían dormir. Se inventaba sus historias, sus vidas. Sin embargo esas luces siempre se iban apagando una a una, dejándolo solo, con el oscuro sentimiento de vacío que le atormentaba.

Esa noche no era diferente, cuando la última luz se apagó, se sentó en su cama y agarró el bote medio vacío de pequeñas píldoras de color rosa que estaba tirado en su mesilla. Se metió una a la boca y se tumbó de mala gana. No eran más de las dos de la madrugada. Dejó que el somnífero hiciera su efecto, cerró los ojos y no tardó en caer en su vacua inconsciencia.

Aún no eran las cuatro cuando se despertó. Como de costumbre la noche se le antojaba muy larga, y no podía simplemente esperar a que se hiciera de día. Así que se vistió, y, abrigándose más de lo habitual, salió de casa.

Las calles eran distintas por la noche, era como vivir en una realidad alternativa, un viaje a otra dimensión. Todo era terriblemente familiar y extraño al mismo tiempo. Las cosas sucedían a otro ritmo. Los sonidos se magnificaban, los colores se dispersaban. A Uri le gustaba pensar que ese era su mundo, su momento. Que en la soledad de la calle y amparado por la oscuridad de la noche era capaz de cualquier cosa. Era su forma particular de soñar. De evadirse de la realidad, que cada día se volvía más aterradora.

Uri paseaba tranquilo observando los edificios, los árboles, las farolas, los bancos. Miraba los escaparates de las tiendas cerradas, los portales vacíos, alzaba la vista para ver el oscuro cielo, y sonreírle a la noche, y normalmente la luna le devolvía la sonrisa. Pero no esa noche. Seguramente por el frío la ciudad estaba particularmente vacía. Nadie volvía a su casa, no pasaban coches por la larga calle desierta.

Al principio no le prestó atención. Estaba bastante distraído lamentándose por no haber cogido una bufanda más gruesa. Pero al llegar a la avenida principal, ya se dio cuenta de que había algo que no encajaba. Los semáforos pasaban de ámbar a rojo y después a verde, aunque no había nadie para prestarles atención. El silencio era abrumador. Uri se empezó a alarmar, miró su reloj, había estado un par de horas paseando. Para entonces la ciudad solía empezar a despertarse. Habitualmente ya había gente por la calle. Los primeros bares se abrían a los madrugadores. Las luces de las casas empezaban a encenderse. En ciertos tramos olía a café recién hecho. Y de lejos se oía el camión de la basura. Dentro de poco el cielo se tornaría cada vez más claro, y poco a poco el sol asomaría por los tejados más bajos. Sin embargo no; esa noche no.

Quizás su reloj estaba roto. Seguramente era mucho más temprano. Se acercó a la entrada del metro para comprobar la hora en el gran reloj digital que adornaba el cartel de información. Le dio un vuelco al corazón al ver que, igual que en su reloj, eran casi las siete de la mañana. Pese al frío que hacía, empezó a sofocarse, y temiendo que algo realmente nefasto estuviera pasando, emprendió el camino de vuelta a casa.

Al principio andando a grandes zancadas, y corriendo cuando estaba a pocas manzanas de su portal, Uri llegó a su piso. Subió las escaleras definitivamente asustado. No se escuchaba ni un ruido en su edificio. La sensación de soledad era tan angustiosa que el estómago y la cabeza le daban vueltas.

Eran las ocho de la mañana según marcaba el reloj del microondas, y el cielo seguía tan oscuro como lo había estado a las doce de la noche. La ciudad seguía en silencio. Encendió la radio, en cada emisora sonaba el mismo ruido distorsionado. Conectó la televisión, en todos los canales se veía la misma niebla. ¿Qué le estaba pasando al mundo?

A las ocho y media había llamado a la puerta de todos los vecinos sin ningún tipo de respuesta. A las nueve había salido a la calle y había gritado hasta quedarse afónico. A las diez estaba encerrado en su habitación harto de llorar. A las once se asomó a la ventana para comprobar que aún seguía siendo de noche, y que el mundo seguía vacío.

Uri era un tipo racional, y todo esto lo estaba trastornando de una forma desmesurada; no le encontraba lógica. Sin embargo el tiempo seguía pasando, cada vez mas rápido, las horas parecían minutos; los minutos eran segundos y el mundo definitivamente había parado de girar. Aquello era el infierno. ¿Había llegado su hora de morir?

De pronto un estruendo ensordecedor que provenía de todos y de ningún sitio le taladró los tímpanos. Era un sonido estridente y desagradable, que hizo que su alrededor se empezara a desvanecer.

Entonces Uri abrió los ojos. Estaba tumbado en su cama y la luz del día iluminaba toda la habitación. Cogió el despertador que seguía sonando y lo apago con cuidado. Estaba totalmente envuelto en sudor. Su cuerpo tenso y cansado. Había sido una de las experiencias más aterradoras que había sufrido. Sin embargo era sin duda el mejor día de su vida. Con una sonrisa que difícilmente podría borrar se metió en la ducha. Por fin había encontrado lo que tanto había buscado. Por fin había soñado.

Mientras el agua fresca relajaba su cuerpo y aclaraba su mente, afuera el sol alumbraba un páramo desierto y desolado. No se divisaban calles, ni casas: no había rastro de la ciudad. La vista se perdía en la nada. Allí nadie vivía, nadie respiraba, nadie soñaba.

Nadie, salvo Uri.


Relato ganador del 1º Premio de la categoría absoluta del III Certamen de relatos breves “Casetas Literaria”
Publicado en el libro "Rosa, Rosae" recopilación de relatos del taller de Pepe de Uña.


Comentarios