Literautas - escena 52 - El Sueño Más Largo


«¿Dónde estoy?» se preguntó Enrique rascándose la cabeza. Recordaba haberse echado a dormir en su cama, pero ya no tenía ningún recuerdo posterior. «Seguramente estaré soñando» concluyó. «Hay que ver que locuras se me pasan por la cabeza, esto se lo tendré que contar al psiquiatra».

Observó la sala donde estaba, un pequeño cubículo cuadrado con las paredes de cemento. En el bajo techo se podía ver un un conducto de ventilación y un fluorescente. Justo en medio de la sala, una mesa, una silla y un monitor apagado. Con la tranquilidad de quien se cree soñando, se sentó en la silla y encendió la pantalla.

 Apareció la imagen de una cámara de seguridad. Enfocaba otra estancia igual que la suya en la que había una mujer que daba vueltas indecisa.

 —Enciende el monitor —dijo en voz alta para sí mismo. Tenía curiosidad por ver qué aparecía en la pantalla de la otra sala. Aunque algo imaginaba.

 La mujer miró al techo sorprendida. ¿Le había escuchado? Se acercó a la silla y se sentó. Estuvo un rato mirando el monitor apagado, hasta que alargó la mano para pulsar el botón.

 Como esperaba, en la pantalla apareció su propia sala. Se pudo ver a sí mismo de espaldas sentado en la silla. Se giró hacia donde debía estar la cámara, y pudo ver un pequeño destello rojo que titilaba de forma periódica. Le sonrió y saludó con la mano.

 —¿Quién eres? —escuchó preguntar a la mujer mientras se volvía a buscar la cámara repitiendo su misma reacción.

 Se podían comunicar, la cosa se ponía interesante.

 —Soy Enrique —se presentó—, y no tengo ni idea de lo que pasa. —Aunque sí lo sabía. Era su sueño. Y estaba intrigadísimo por ver cómo continuaba.

 La mujer parecía desconcertada, pero no dijo nada. Fue Enrique quien continuó hablando.

 —Tranquila. Estoy igual que tú —le dijo—, es posible que entre los dos podamos descubrir algo. ¿Cómo te llamas?

 —Aurora.

 Enrique se levantó para examinar las paredes en busca de algún hueco.

 —Mira a ver si ves alguna rendija por la pared. Yo estoy haciendo lo mismo —dijo. Se giró a la pantalla para comprobar que le estaba haciendo caso.

 Después de un buen rato, fue ella quien habló.

 —No veo nada. La pared es totalmente lisa.

 Enrique ya había llegado a esa conclusión, la verdad es que se estaba empezando a agobiar. Si era un sueño quería despertarse ya. Cerró los ojos y se dio un gran pellizco en el brazo. El dolor casi le hizo llorar.

 —No puede ser… hemos tenido que entrar por algún lado… —murmuró. Entonces le vino la idea a la cabeza: «¡El conducto de ventilación!» Subió de un salto a la mesa y empujó la rejilla que cedió enseguida.

 —¡La rejilla del techo, Aurora!, ¡sube a la mesa! —le gritó a su compañera mientras se daba impulso para entrar por el agujero.

 En principio estaba oscuro, pero enseguida se iluminó con una agradable luz. No le sorprendió ver otra estancia parecida a las otras. Esta vez el cuarto estaba vacío a excepción de una gran pantalla anclada en la pared.

 Enrique estaba muy desconcertado. Todo era demasiado real para ser un sueño. Aurora no tardó mucho en subir, parecía cansada. Le miró un momento antes de hablar.

 —¿De verdad no sabes por qué estamos aquí? —le preguntó ella —¿No recuerdas nada?

 Enrique se encogió de hombros.

 —No. Me eché a dormir y me desperté aquí.

 Ella le sonrió con ternura, soltó un fuerte suspiro y habló con calma.

 —Creo que estamos muertos —dijo.

 —¿Qué? —preguntó Enrique perplejo.

 —Al menos yo lo estoy. Es imposible que sobreviviera a esa caída.

 Enrique lo pensó. Podría tener sentido. Si había muerto mientras dormía no se habría enterado. Por eso todo era tan real. Por eso no podía despertarse.

 Se sintió muy decepcionado. Siempre había tenido curiosidad por saber qué se sentía… lo de ver pasar toda tu vida, el túnel, la luz blanca… pero es que no había sentido nada.

 De pronto le vino un vago recuerdo a la cabeza. Tantas noches sin dormir. Todas esas pastillas tragadas de golpe en un intento desesperado por conciliar el sueño…

 Miró a Aurora con preocupación.

 —¿Pero tú te…?

 Ella asintió sin dejarle acabar.

 —Me lancé desde la azotea.

 La pantalla se encendió y los dos la miraron. No se veía nada, pero pudieron escuchar una voz grave y solemne que les habló.

 —Bienvenidos. Estáis en el purgatorio.


Escena número 52 · Julio 2018 - El cuarto estaba vacío.
Escena: un relato que que contenga la frase: El cuarto estaba vacío.
Reto opcional: que el relato comience con una pregunta y la última frase sea la respuesta.
El texto está corregido y modificado según los acertados comentarios de mis compañeros de taller.
Relato incluido en la Recopilación de textos del taller "Móntame una escena" 
https://www.literautas.com/es/taller/textos-escena-52/

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